Antonio Iñesta. Blog Web2.0 y Salud http://fecoainesta.blogspot.com.es/
Desembarcamos en Salerno, pero en el
grupo unos querían ir a Nápoles y otros a Pompeya. Los primeros pensábamos que
iba a hacer muchísimo calor en Pompeya o ya la habían visto. Yo, no la había
visto, pero había visto dos o tres documentales y pensaba que las piedras de
las calles de Pompeya reflejando el sol podían acabar conmigo, así que
perdonamos el bollo por el coscorrón y nos fuimos a Nápoles, donde seguro que
también haría calor, pero también habría sombras. Fuimos en autobús y
comenzamos la visita guiada en la Piazza del Plebiscito, una de las
plazas más grandes de Italia. Se trata de un vasto espacio porticado del
periodo napoleónico. En ella, contemplamos la basílica de San Francesco di
Paola, joya del neoclasicismo italiano cuya planta circular y columnata
semicircular evocan el Panteón de Roma. En el lado opuesto de la plaza, el
Palacio Real, la histórica residencia de los virreyes españoles y de la
dinastía de los Borbones, unido a otra joya de la arquitectura borbónica, el
Teatro San Carlo, el teatro lírico activo más antiguo del mundo. La guía, una
caboverdiana que hablaba siempre diciendo “nosotros los napolitanos”, como si
sus orígenes se remontaran a más de veinte generaciones anteriores, dijo que
era el teatro más antiguo del mundo, olvidándose lo de lírico, y ya empecé a
dudar de sus conocimientos. Muy cerca entramos en la Galería Umberto I,
un pasaje comercial decimonónico cubierto por una bóveda de hierro y vidrio,
parecida a las que hemos visto en Milán, Bruselas y otras ciudades europeas.
Seguimos a la Piazza de Gesù Nuovo, zona peatonal del centro histórico
de la ciudad, en donde se eleva el monumental Obelisco de la Inmaculada de
mármol blanco, y está la Iglesia de Gesù Nuovo. La iglesia nació de la
transformación de uno de los palacios de la época renacentista, él de los
Sanseverino, cuyo dueño cayó en desgracia y sus bienes fueron confiscados y
vendidos a los jesuitas que, aprovechando las áreas internas del palacio y del jardín,
lo transformaron en un templo con planta de cruz griega (una cruz con cuatro
brazos iguales), contenido en el perímetro del palacio. La fachada, está
formada por almohadillas cortadas en forma de diamante que presentan en la
superficie marcas de canteros, como firmas, para que el jefe de obras, pudiera
pagar a cada obrero de acuerdo con el trabajo, como ocurre en las iglesias
románicas españolas. En una de las capillas besamos la mano de la estatua de
bronce de San Giuseppe Moscati (1880-1927), médico, investigador y docente
universitario, proclamado santo, que se paraba a rezar cada mañana en esta
iglesia antes de empezar a trabajar, visitando a los pacientes de forma
gratuita. Después de descansar en la esquina de la plaza en que había sombra y
una fuente, continuamos la visita hasta llegar a La Via dei Tribunali,
una calle histórica, que se remonta a la época griega y romana, antiguamente
fue la principal vía este-oeste (Decumanus Maximus) de la ciudad. Allí
terminamos la visita. Esta calle de unos 800 metros, pasa por puntos de
referencia como la Piazza San Gaetano, donde se situaba en época griega
el “ágora” de la ciudad que se convirtió en la época romana en el “foro”, y
donde se encuentran los accesos al Nápoles subterráneo en la que se recorren
los túneles y cloacas del Nápoles romano, aunque nosotros pasamos de largo.
También atraviesa la Via Duomo donde muy cerca está la Catedral de Nápoles
(donde se guardan capsulas que contienen sangre de San Genaro, que se licúan
tres veces al año) y termina la calle en el Castel Capuano que asumió a
principios del siglo XVI, el papel de tribunal de Nápoles. Estando en esta
calle, había que aprovechar para probar la auténtica pizza napolitana en la
Pizzeria Di Matteo, donde comimos la pizza napolitana igual que otras pizzas, que
estaban buenísimas y tiene unos precios muy asequibles, eso sí, todo es muy
sobrio y sin lujos. La prisa por sentarnos y comer, nos quitó de visitar el
Nápoles más emblemático, en el cercano Quartieri Spagnoli o barrio de los
españoles, donde se alternan boutiques y tiendas de artesanía, y las sábanas
colgadas ondean al viento desde los balcones y donde se puede ver el mural más
famoso de Maradona, aunque no sé si nos lo perdonará mi nieto más futbolero.
Tocaba ya irnos a la estación de tren, Napoli Centrale, no muy lejos de donde
comimos. Llegamos con tiempo a Salerno, pero ya estábamos cansados y nos fuimos
contentos al barco sabiendo que nos quedaba mucho por ver tanto en Nápoles como
en Salerno y la costa amalfitana, pero bueno a los jóvenes les queda mucho
tiempo para verlo y a nosotros un poco para imaginarlo. El “O sole mio”
(canción napolitana de 1898, traducida a diferentes idiomas y cantada por un
gran número de artistas líricos) sonaba en el aire y nosotros después de
envolver nuestras sudorosas cabezas con toallas húmedas frías, que nos daban a
pie de barco para mitigar el calor que llevábamos, subíamos al barco diciendo “arrivederci”
a la ciudad.
Nota: El ágora griega y el foro romano fueron los centros neurálgicos de la vida pública, política, social y comercial en sus respectivas civilizaciones.
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