Antonio Iñesta. Blog Web2.0 y Salud http://fecoainesta.blogspot.com.es/
La higuera siempre ha sido un árbol que me ha
gustado mucho y además ha estado muy ligado a mi infancia, a los campos de secano
y al sol del Mediterráneo. Huele muy bien, si rompes una hoja, al frotarla tiene un olor vegetal, intenso y ligeramente mentolado.
Además, es un árbol generoso que puede producir dos cosechas al año, las brevas son
más grandes y menos dulces, cuando maduran se abre la piel negra azulada con
una o varias fisuras longitudinales en
la piel mostrando una tonalidad blanquecina o rosada, como si el vestido se les
quedase estrecho y lo ensancharan con tiras blancas, maduran en junio-julio a
partir de yemas latentes del año anterior; y los higos que son más pequeños y maduran
entre agosto y septiembre con yemas en las ramas nuevas del año. A mí, las
brevas me encantaban, con un sabor sutil y aromático y más frescas y acuosas
que los higos. Iba con mi padre a recoger las brevas de una higuera que había
al lado de un ribazo, de los que se hacían con piedra, que permitía cogerlas
bien desde el bancal* de abajo, donde estaba la higuera, o desde el superior
con lo que llegabas a las ramas superiores mejor. Llevábamos una cesta de mimbre
que cubríamos de hojas de la higuera antes de poner las brevas. Esta higuera
era la más grande de la finca, debía ser porque en esa zona se concentraba más el
agua de lluvia. Eran las primeras frutas que se podían comer, porque para las
uvas era demasiado pronto y las paraguayas podían empezar entrado julio y
agosto. Todos los días cogíamos las brevas maduras, después de desayunar, para
el postre del almuerzo, hasta que un día no había brevas maduras, las habían
cogido todas, bueno dijimos, que raro alguien ha madrugado y nos la ha jugado.
Al día siguiente fuimos a cogerlas antes de desayunar y nuevamente no quedaba
ni una madura. Mi padre ya un poco molesto y antes de tomar medidas más
drásticas, fue a ver al dueño de una finca vecina, el tío Juan, así le
llamábamos no porque fuera familia sino porque así se llamaban los campesinos
en aquella época, el tío tal o el tío cual, como ahora se dice el señor tal o
cual, ojo, no era un término despreciativo como ahora se suele decir “ese tío”. Nosotros no es que fuéramos dueños de la finca de campo en que veraneábamos,
sino que se la dejaban en verano a mis padres a partir de mediados o finales de
junio, en que solían terminar las clases, hasta primeros de septiembre cuando
había amainado mucho los calores del verano y pronto empezarían las clases. El
tío Juan, era el que vivía más cerca de nosotros de los tres que había con
fincas alrededor. Le hacíamos unas dos o tres visitas a lo largo del verano y
alguna más en el caso de que ocurriera algún hecho no habitual o queríamos que
nos trajera algo del pueblo al que solía acudir cada semana con su carro tirado
por una mula o un burro, no recuerdo bien. El tío Juan como buen conocedor de
la zona, pensó mi padre, podría darle algún consejo. En efecto, después de
escuchar a mi padre relatarle los hechos, dijo después de pensarlo, déjeme a
mí, creo que puedo solucionarlo en uno o días, ya le contaré. Nos despedimos y
al día siguiente seguía sin haber brevas maduras, pero al día siguiente había
brevas maduras, pero solo en la mitad del árbol, es decir, no había para coger
desde el bancal inferior, pero si subíamos al superior podíamos coger todas las
existentes en esa mitad de árbol y así sucedió hasta el final de la temporada
de brevas. Parecía que había habido un acuerdo de la mitad para ti la mitad
para mí. Mas adelante, el tío Juan le confesó a mi padre que se trataba de un
pastor que en aquel periodo llevaba el ganado de cabras a pastar por
los montes de aquella zona y le explicó que las brevas eran una parte muy
sustancial de su alimentación y aunque no eran suyas eran muchas las que
maduraban cada día y había para todos, así que acordaron mitad y mitad. Mi
padre comprendió la situación, en un periodo de tantas carencias después de la
Guerra civil, y le dio las gracias.
*Bancal, es un terreno agrícola en forma de terraza, que se construye en
laderas inclinadas, mediante ribazos (muros) de piedra que rellenos van nivelando
el desnivel del terreno
y facilitan su laboreo, muy comunes en zonas rurales mediterráneas con grandes
desniveles.
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